sábado, 28 de enero de 2012

Artes populares: el cañizo en Ateca.

Muchas personas nos preguntan sobre el ejemplar número 1 de los libros que editamos desde Naturateca. Este número, que nació en 1992 está agotado. A la espera de la posible reedición en algún momento, iremos colocando en este blog algunos de los artículos que aparecían en esta publicación.

Comenzamos con un interesante trabajo sobre los cañizos en Ateca. Esperamos que os guste:






ARTES POPULARES. EL CAÑIZO EN ATECA.

El cañizo es una estructura hecha de caña tejida de 2x1m., que se empleaba en la construcción, protección de planteros, para dar sombra, etc.

La materia prima y única son las cañas. Estas se siembran en las orillas de los ríos, acequias y en ribazos de fincas a modo de seto y con el fin de sujetar la tierra ya que tiene fuerte raigada. Estas cañas, para que no degeneren han de cortarse cada año en invierno, después de los primeros hielos, para que estén más duras y sean más provechosas en la elaboración de cañizos y objetos de cestería. El cañicero concertaba el precio del cañar con su dueño y procedía a la corta de las cañas.

Esta se hacía con tijeras de podar o con podotas, y era rápida, pues se hacía a tajo parejo, siendo todas las cañas aprovechables. El corte de una caña debe ser oblicuo para que no se casque y no ofrezca tanta resistencia.

Una vez cortado el cañar se seleccionaba la caña haciendo fajos según el grosor, trasladándose éstos al lugar de almacenaje; si éste era al aire libre, los fajos se colocaban pingados para que, en caso de lluvia, el agua escurriese por las hojas.

El material se trababa en verde, y si se secaba había que humedecerlo. El primer paso consistía en rajar la caña con el rajador. Este era un instrumento de madera de carrasca, que es muy dura, que podía dividir la caña en tres varillas. Si la caña era muy gruesa se usaba otro rajador que la dividía en cuatro. Nuestro entrevistado prefería fabricárselos él mismo porque los de la ferretería eran muy pesados.

El rajado lo hacía partiendo del extremo delgado de la caña hacia el grueso, requiriendo mucha habilidad para terminar la caña completa. Las varillas resultantes se limpiaban de hojas con una hoz o con un simple palo. Según las necesidades, podían dejarse con las hojas.

Sobre un bastidor de madera con cinco agujeros alargados, equidistantes uno de otro, se colocaban las “maestras” en los extremos del mismo; éstas son las dos cañas más gruesas del cañizo y que en la parte superior están unidas por la “guía” (caña o palo que marca la anchura del cañizo para evitar que convergieran durante el tejido, retirándose luego). El armazón formado por el bastidor, las maestras y la guía se apoyaba sobre la pared, colocándose en cada uno de los agujeros del bastidor seis o siete cañas más finas (las que no se podían rajar para varilla) y que constituyen los pilares del cañizo.

Con las varillas anteriormente limpias se comenzaba a tejer el cañizo por el centro, calculando siempre al empezar con una varilla, que el primer trozo de ésta llegue de lado a lado del cañizo, e introduciéndola  por entre los pilares uno sin otro, doblando el resto de varilla sobre las maestras, y tejiendo siempre hacia arriba cuantas veces sea posible hacer una pasada completa. Durante el tejido del cañizo ha de procurarse que no haya nudos en la vuelta sobre la maestra, pues se partiría la varilla, así como tejer siempre hacia el interior de la misma pues ocurriría lo mismo.

Una vez llegado el tejido a la parte superior se vuelve el cañizo y se sigue tejiendo igualmente. Concluido el trabajo, nuestro cañicero Manuel Palacín, y como innovación propia, lo aseguraba cosiendo las últimas ocho o diez varillas; luego se cortaban las partes sobrantes en los laterales con las tijeras de podar.

La importancia de este trabajo venía dada por su aplicación básica en albañilería, suelos, chimeneas, aleros, tabiques, etc. Otros usos de la caña y en elaboración parecida, eran las persianas, techos de carro, cielos rasos y cestería. Era un trabajo familiar a lo largo de todo el año, almacenándose durante el invierno para su venta en verano. Este oficio solía transmitirse de padres a hijos, habiendo desaparecido totalmente en Ateca debido a la introducción de nuevos sistemas y materiales en la construcción.

** Este trabajo es un resumen de otro más amplio realizado a partir de una conversación que mantuvimos con Manuel y las demostraciones que éste nos hizo. El cuestionario lo elaboramos siguiendo las pautas del aparecido en la publicación “Introducción al folklore aragonés I” de D. Antonio Beltrán Martínez.

Agradecemos a Manuel Palacín su ayuda y colaboración.

NATURATECA.

Naturateca, Ejemplar n. 1. Julio de 1992

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada